Cada vez que la agenda política argentina pone sobre la mesa la necesidad de una reforma laboral, la escena parece repetirse con una coreografía inalterable: el Estado, los grandes sindicatos y las grandes corporaciones se sientan a negociar. Sin embargo, en un reciente artículo de opinión para el portal MDZol, Alejandro Bertín, Director de Establecimientos San Ignacio S.A., lanzó una dura advertencia sobre esta dinámica: se está legislando para un modelo de país que no existe, ignorando al verdadero motor del empleo.
Bertín señala una «constante inquietante»: las pymes, que son las principales generadoras de empleo formal privado en el país, «no participan del diseño de las políticas que regulan el trabajo». Para el industrial, esto no se trata de un reclamo ideológico, sino de una «discusión empírica» respaldada por datos que el sistema político elige ignorar.
El mercado laboral real versus el teórico
Para entender la gravedad de esta exclusión, Bertín desglosa en su columna la anatomía del mercado de trabajo argentino. Sobre un universo de aproximadamente 20 millones de ocupados, la informalidad supera el 40%, un dato que debería ser el punto de partida de cualquier reforma.
Dentro del empleo registrado (entre 12,5 y 13 millones de personas), conviven realidades dispares:
Empleo Público: Unos 3,4 millones, con dinámicas ajenas al riesgo de mercado.
Independientes/Monotributistas: Cerca de 2,8 millones, un grupo donde muchas veces se esconde la precarización o la «adaptación a un mercado laboral rígido».
Asalariados Privados Formales: Aproximadamente 6,2 millones. Este es el «corazón del empleo productivo».
Es en este último grupo donde el dato se vuelve crucial: las pymes explican entre el 50% y el 65% del empleo asalariado formal privado. Sin embargo, las leyes se diseñan pensando en el porcentaje minoritario que representan las grandes empresas.
Una omisión de diseño
Bertín critica duramente espacios institucionales recientes, como el «Consejo de Mayo», donde la representación pyme brilló por su ausencia orgánica. «El 99% de las empresas argentinas son pymes», recuerda el director de San Ignacio en el medio mendocino, subrayando que Argentina es una economía de entramado pyme distribuido federalmente, no una economía de grandes corporaciones concentradas.
La metáfora que utiliza para graficar este absurdo es lapidaria:
«Diseñar reformas laborales sin la voz de las pymes es equivalente a diseñar una política educativa sin docentes o una política sanitaria sin médicos. Puede ser técnicamente sofisticada, pero carece de viabilidad práctica».
La informalidad como consecuencia
Uno de los puntos más lúcidos del análisis publicado en MDZol es el abordaje de la informalidad. Lejos de verla como una «falla cultural» o una «anomalía moral», Bertín la define como la consecuencia lógica de un sistema diseñado sin considerar a quien emplea.
Las pymes son las que enfrentan con mayor crudeza la presión impositiva, la litigiosidad laboral y la incertidumbre macroeconómica. Si las reglas se escriben pensando en multinacionales con espaldas financieras, la pyme promedio queda fuera del sistema, empujando —voluntaria o involuntariamente— hacia el monotributo o la informalidad. «Combatir la informalidad requiere algo más que controles o discursos. Requiere hacer viable la formalidad para quien contrata», sentencia.
Conclusión: La llave del empleo
El mensaje final de Alejandro Bertín es un llamado al pragmatismo urgente. Ninguna reforma, por técnicamente perfecta que parezca en el papel, funcionará si no considera la realidad de quienes asumen el riesgo empresario en el interior productivo y en las ciudades medianas.
«Si las pymes generan la mitad del empleo formal y representan el 99% de las empresas, ignorarlas no es una omisión técnica. Es un error estructural», concluye Bertín. La pregunta que deja flotando es incómoda pero necesaria para la clase política: ¿Se están diseñando políticas para el empleo real o para un modelo de país que ya no existe?







